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Punta del Diablo te llena el alma de sensaciones

24 de Agosto de 2014 11:53pm
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Punta del Diablo te llena el alma de sensaciones

Había recorrido unos 40 kilómetros de la ciudad Fronteriza del Chuy. Las agujas de mi reloj marcaban pasado el mediodía y llevaba con orgullo el clásico cosquilleo de la hambruna en el estómago. Muy de refilón vi el cartel: “Punta del Diablo”. Giré sin pensarlo y enfilé hacia la Playa.

Este es un lugar que siempre quise visitar, la tiranía de la falta de tiempo me lo postergaba. Invariablemente acaparó mi atención cuando curioseaba algún mapa del Uruguay.

Ya pasaron algunos años desde que el Capitán de un barco de pesca de altura de Mar del Plata. Gran compañero de aventuras, se ocupaba de entusiasmarme. Me lo señalaba porque según su experiencia allí había peces de pico – marlín, pez espada- Según sus conocimientos y observaciones. Lo que sí me aseguraba que era un lugar de pesca único.

Tenía un gran inconveniente era muy difícil de operar con redes por la cantidad de restingas- sedimentos de arena y piedras- Su fondo rocoso es el que atrae especies menores y detrás de ellas las más grandes.

Vivía un día muy lindo y soleado, esta circunstancia me aseguraba buenas fotos, estaba dispuesto a disfrutarlo. Poco viento. Unos grados más y ya era un veranito. El plan me pareció interesante. A medida que iba entrando en el pueblo la aparición de algunas dunas me entusiasmaban. Entre ellas asomaban casas muy pintorescas y pintadas de variados colores. Los rebuscados nombres de muchas de ellas y algunos muy originales me pusieron de buen humor. Subí el volumen de la radio. Bajé las ventanillas. Y mi imaginación hizo el resto… me parecía verano…si alto verano.

Al acercarme a la costa el aire del mar me acercaba ese clásico olorcito a felicidad. Mi coche avanzaba y era evidente que la cercanía de la playa era una realidad. Una curva importante y un gran médano con arenas suaves y rubias. Mostraban su majestuosidad y su rebeldía. Parece que te gritan córreme que vuelvo al lugar cuando quiero.  Por sobre ellas la cabellera blanca de la espuma de un mar empecinado en acercarse a la costa. Revelaba su carácter como si estuviera embravecido. Me fui acercando a él y encontré un lugar para estacionar. Ya de a pie, lo fui haciendo muy despacio disfrutando el momento, buscando el agua.

Las piedras y las grandes moles de granito demostraban la resistencia que le hicieron durante muchos años al embate del agua. Sus aristas redondeadas y sus caras arrugadas como lo humanos. Exhibían su tiempo inamovible de sol, arena y agua. Grandes estrías marcaban sus panzas gordotas que parecían disfrutar del sol. Entre ellas las crestas blancas y juguetonas que tozudamente iban a golpear con todas sus fuerzas a las moles de piedras.

La eterna lucha desigual, algo tan etéreo como el agua, contra esas moles que parecen inamovibles. El resultado parece cantado. La paciencia y la persistencia del mar al final logran lo que quiere. Este era un desafío que provocaba que el agua explotara en miles de estrellas. A su vez estas salían disparadas hacia el cielo en una lluvia blanca de mar encrespado.

La máquina de fotos se recalentaba de tanto disparar y yo atacaba con ella distintos ángulos, porque el mar encaprichado cambiaba los matices de acuerdo a la fuerza que traían las olas cuando se acercaban a la orilla. Estaba casi en la punta de esta fortaleza de grandes piedras que forman una punta de la bahía. Más allá en el centro de esta, el mar que se debate y se acerca a la playa de rubias arenas. Poco a poco se va deshilachando en plata dándole a este desembarco un hermoso efecto.

Sobre sus playas descansa la flota pesquera. Pequeñas embarcaciones que demuestran la valentía y baquía de su tripulación para meterse al mar. Es su tarea, en la diaria y sacrificada búsqueda de su sustento en aguas enriquecidas de peces. Muchos tiburones para luego salarlo y que seguramente van enriquecer magníficos guisos. Un camino lateral que bordea la playa y las paquetas casas, humildes, pero muy pintorescas que emergen al costado de él. El automóvil recorre este trayecto prácticamente metido en el mar.

No pude dejar de recordar en mi país Argentina, a nuestra Villa. Sí. Villa Gesell la pionera… la de sus comienzos. Cuando para arribar a ella se debía recorrer un difícil camino. Era de tierra. Muchas veces barro y que no te dejaba avanzar. Fue una protección para la invasión del turismo. Era solo para valientes y era un verdadero desafío llegar. Era el premio a los intrépidos que se aventuraban a descubrir su belleza entre los medanos. Así me pareció Punta del Diablo. Me gusta. Sí, me gusta mucho este lugar. Me imagino a los más pequeños disfrutando, jugando con sus fantasías y gozando de sus playas.


No me quería despegar de este itinerario, pero se hacía tarde y era un día de semana de cualquier mes. Los pocos restaurantes abiertos en cualquier momento me cerraban y tuve que recordar que entré allí porque el hambre me devoraba. Volví al principio. Y empecé la pequeña recorrida gastronómica. Fui atraído por el sonido de una guitarra que sonaba muy provocativa y a su vez era atractiva como un talismán.  Allí estaba el que me atraía, con esa melodía pegadiza de los setenta. Seguí la curva y casi me lo llevo por delante. Daniel Correa parado en el medio de la calle y a pleno sol, entonaba pegajosas melodías. Lo hice mi ídolo. Busqué una mesa frente a él y me dispuse a disfrutarlo. Un morochazo subido de tono. Un auténtico uruguayo. Dicen sus enemigos que cuando llegó a la Punta del Diablo era blanco. Pero de tantos recitales al sol quedó de ese color ¡Grande ídolo!

Qué lindo la estaba pasando. Una clásica Patricia, la rubia cerveza uruguaya que estaba encaprichada en salir a bailar. ¿Qué van a comer? La tradicional pregunta de una moza muy joven y atractiva. Mariscos por supuesto, fue mi rápida respuesta. Alguno en especial. No. De todo. Le repliqué demostrándole que teníamos un interesante vacío estomacal. Una rápida variedad pasó a ser parte de nuestros cuerpos. A su vez escuchando una selección de temas agradables a nuestros oídos. Melodías que se aprovechaban de los más sensibles y nos inundaban de magníficos recuerdos. Me llamó la atención que la juventud presente participaba cantando sus letras. Un verdadero hallazgo. ¡Qué lindo la estaba pasando!

No quería que se me pasara el tiempo, ni tampoco me quería ir. Di una recorrida por el coqueto local “Lo de Olga”. Así se llamaba el restaurant. Su dueña muy preocupada comenzó a contarme de sus pesares por los aires modernos que corren por estas playas y que ella hace muchos años habita. Fue una de las adelantadas y colaboró mucho para que este lugar se conociera. Hoy paga la consecuencia de su poco egoísmo.

Quieren voltear toda esa belleza y traer la modernidad. Cemento y más cemento. El turismo es así, lo llamamos para hacer del lugar un emporio. Pero requiere de todos el gran sacrificio. Compartir nuestros placeres diarios. Nos obliga a pasar de lo personal a lo general. El progreso también destruye estas cosas. Que no dejan de ser maravillosas. La nostalgia me asaltó, pensando nuevamente en aquella Villa Gesell… me invadió con todo su egoísmo.

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