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Y El Tabaco se hizo habanero

fabrica partagas

Por: Jorge Méndez Rodríguez – Arencibia Presidente ejecutivo. Cátedra Cubana de Gastronomía y Turismo

A todas luces, los avatares son caminos obligados que por lo general conducen a la universalidad. Así ocurrió con los Habanos. Ironía del destino será siempre lo que presumiblemente aconteció a Rodrigo de Xerés, quien junto a Luis de Torres —ambos marinos que viajaron con Cristóbal Colón en 1492— es considerado el primer europeo que vio a los aborígenes indocubanos fumar las hojas de la Nicotiana tabacum

Al regresar a la madre patria, Rodrigo cargó con una buena cantidad de hojas, y con inevitable esnobismo se puso a fumar públicamente. Esto provocó escándalos en quienes lo vieron, por lo que fue denunciado al Santo Oficio (Inquisición) y puesto en prisión durante seis años, porque “solo Satanás puede conferir al hombre la facultad de expulsar humo por la boca”. Sin embargo, al ser puesto en libertad, ya se había extendido entre los aristócratas, el clero y buena parte de Europa la costumbre de fumar.
Procedentes de España, a mediados del siglo XVII los canarios, los andaluces y los gallegos devinieron primeros agricultores dedicados a las vegas; nombre dado a este cultivo porque solía ubicarse a orilla de los ríos o cerca de ellos. Entre las tres primeras vegas de las que se tiene noticia desde 1641, una se encontraba en las márgenes del habanero río Almendares, y las otras estaban aledañas a los ríos Arimao y Caracusey, en la región central de Cuba.

A pesar de lo criticado que fuera el tabaco en el Viejo Mundo, las primeras fábricas surgieron en 1676 en España, seguida por otros países europeos. En 1717, el monarca Felipe V puso en vigor la ley que dio lugar al estanco del tabaco, estableciendo que las producciones cubanas solo podían ser adquiridas por la Corona española. Tal restricción provocó fuertes reacciones de los vegueros cubanos, que además de desobedecer las ordenanzas de la metrópoli hispana, realizaron varias sublevaciones en las localidades habaneras de Jesús del Monte, Santiago de las Vegas y Bejucal, entre otras.

En 1731 comienza a funcionar la Real Factoría de Sevilla, Andalucía, sostenida bajo estricta monopolización, aunque en 1739 se conceden ciertas facultades operacionales a la Real Compañía de Comercio de La Habana, que tuvo como principal accionista al Gobernador General de la Isla, Güemes de Horcasitas.

Luego de un efímero período de libertades para la comercialización —durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762—,  el rey Fernando VII pone fin al abusivo estanco en 1817. Sin embargo, la producción de los puros en la metrópoli, con las hojas procedentes de Cuba, llega hasta el año 1830, principalmente en las cigarrerías sevillanas. Vinculado a este oficio, por cierto, se enmarca el personaje de Carmen, protagonista de la ópera homónima de Georges Bizet. Gitana, de carácter bravío, queda inmortalizada, además, por la magistral pieza identificada como “la habanera de Carmen”,  L´amour est un oiseau rebelle, que en español significa “El amor es un pájaro rebelde”.

Ya desde principios del siglo XVIII existían en Cuba refinadas producciones derivadas del tabaco, como el rapé, polvo para inhalar que se obtiene de moler las hojas desecadas de dicha planta solanácea. Por otra parte, “la industria tabacalera cubana llegó, allá por 1840, a los inicios del sistema fabril, caracterizado por el mayor número de obreros asalariados y el tamaño del taller. Hubo una época transitoria entre el artesanado y la industria moderna que abarcó los treinta o cuarenta años que siguieron a la fundación de las primeras fábricas. (…) En 1859 había en La Habana unos 1,295 talleres de tabaquería y 38 cigarrerías, donde se empleaban más de 15,000 obreros” (2). También existieron numerosos chinchales —probablemente llamados así debido a la presencia de insectos—, a modo de pequeños talleres familiares en los cuales eran procesadas y torcidas las hojas del tabaco.

Una resumida cronología permite apreciar el surgimiento progresivo de las fábricas de tabaco, insertadas definitivamente en el devenir económico, social y cultural de la Isla Grande del Caribe: Hija de Cabañas y Carbajal (1819); Por Larrañaga (1834); Punch (1840); H. Upmann (1844); Flor de Tabacos de Partagás, La Corona y Ramón Allones (1845); Sancho Panza (1850); Hoyo de Monterrey (1865); y Romeo y Julieta (1875) (3).

A continuación, se ofrecen detalles sobre algunas de las principales marcas de casas productoras:
H. Upmann: Fundada bajo el nombre de Real Fábrica de Tabacos H. Upmann el 1ro. de marzo de 1844, en la calle San Miguel No. 75, actual municipio de Centro Habana. Su licencia oficial fue expedida por el Capitán General de la Isla, don Leopoldo O´Donnell, en mayo del propio año. Rápidamente reconocida a nivel mundial, acumula 12 medallas de oro en certámenes internacionales, como París, 1855 y 1867; Londres, 1862; Oporto, 1866 y Moscú, 1872 (4). Antes de convertirse en un afamado músico, Francisco Repilado (“Compay Segundo”), laboró como torcedor en esta fábrica, durante casi dos décadas.

Partagás: El joven emprendedor catalán Jaime Partagás y Ravell (1816–1864) fundó, con la ayuda de su coterráneo Juan Conill, una pequeña fábrica en La Habana, en 1827. Su empeño y el apoyo recibido por los accionistas, le permitieron fomentar en 1845, en la propia capital cubana, la empresa La Flor de Tabacos de Partagás y Cía., en la calle Industrias No. 60, actual municipio de Centro Habana. Debió su éxito a la factibilidad de acceder a las mejores materias primas existentes en la época, así como a la esmerada atención a las técnicas de cultivo y a los procesos de fermentación y añejamiento del tabaco. Con posterioridad, esta factoría cambió su nombre por el de Real Fábrica de Tabacos Partagás.

La Honradez: Inaugurada en 1853 en la esquina de las calles Cuba y Sol, frente al Convento de Santa Clara en la actual Habana Vieja, por el gibraltareño José Luis Susini y Rioseco. Esta industria se dedicó especialmente a fabricar cigarrillos (picadura envuelta en pequeños cilindros con papel de fumar) y en ella fue instalada la primera máquina a vapor, capaz de producir diariamente alrededor de dos millones y medio de unidades. Además, Susini tuvo la brillante iniciativa de acompañar las empaquetaduras de sus mercancías con fotografías y postales coleccionables, de la más diversa índole y temáticas.

Romeo y Julieta: Su fundación tuvo lugar en febrero de 1876, por permiso solicitado por Inocencio Álvarez y José García, en una propiedad ubicada en la calle San Rafael No. 87. Después de separarse Álvarez y García, el primero decide trasladar la fábrica, en 1899, a una vetusta edificación en la calle Ánimas No. 129, donde con anterioridad se encontraba La Eminencia, marca creada a mediados del siglo XIX por los hermanos Allones. Alrededor del año 1900, Álvarez vende su Romeo y Julieta a Pridencio Ravell, quien ya había comprado la fábrica de cigarrillo La Honradez. En 1903, el asturiano José Rodríguez Fernández, más conocido como Don Pepín, negocia con Ravell la adquisición de la Romeo y Julieta. Construye entonces, en 1905, un inmenso inmueble en la manzana donde otrora existió una plaza de toros, comprendida entre las calles Padre Varela (Belascoaín), Concordia, Virtudes y Lucena.

Origen habanero del lector de tabaquería
Según versiones históricas, el oficio de lector de tabaquería comienza a ejercerse por primera vez, de manera oficial, en la antigua fábrica El Fígaro, de La Habana, en diciembre de 1865. De este modo, se llevó a la práctica como acción educativa, a pesar de que tuvo sus detractores y prohibiciones temporales por las autoridades coloniales, al alegar que disociaba a los obreros y disminuía su productividad.

Existen referencias de que Ramiro de Maetzu y Whitney, destacado literato español, se desempeñó en esta labor en una fábrica habanera, entre 1891 y 1894. Posteriormente, integró la llamada Generación del 98 (compuesta por destacados hombres de las letras hispanas), y el Grupo de los Tres, junto con Azorín y Pío Baroja. En 2012, esta singular ocupación fue declarada Patrimonio Nacional de Cuba.

Cuestión de nombres; pero, cuidado…
Suele emplearse fuera de Cuba la palabra cigarro, genéricamente, en lugar de tabaco o Habano. Una versión lexicográfica atribuye dicho nombre a la similitud que se apreciaba entre la cigarra, insecto alado de la familia Cicadidae, y las hojas de tabaco una vez enrolladas. Pero otra versión se fundamenta en que las primeras semillas de tabaco llegadas a España fueron plantadas en la periferia de la ciudad de Toledo, en una zona conocida como Los Cigarrales, por el nombre de estos insectos que constituían plagas en dicha localidad.

El término Habano se aplica al tabaco torcido a mano, con métodos criollos cuya primicia corresponde a La Habana desde hace más de dos siglos. Su nombre se debe también a que esta joya artesanal —acreedora de una merecida Denominación de Origen Protegida (DOP)— salió desde el puerto de San Cristóbal de La Habana a conquistar el mundo y, por consiguiente, a los incondicionales amantes de los mejores puros Premium.

(1) Cita y datos históricos tomadas del libro Biografía del Habano. Gaspar Jorge García Galló, Editorial José Martí,
La Habana, 2000.
(2) (Ídem.; ver obra citada, página 35).
(3) (Ídem.; ver obra citada, página 175)
(4) Martell Álvarez, Raúl: Fumando en La Habana. Los Upmann. Una familia alemano-cubano. Ediciones Cubanas, ARTEX, La Habana, 2016.

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